Otro día (más) aquí, sentada pensando en ti. No sales de mi cabeza.
Te has plantado y has echado raíces.
Tan profundas, tan fuertes que ya son imposibles de arrancar.
He cortado el tronco, intentando olvidar lo que fuimos
o lo que nunca fuimos, mejor dicho.
Pero las raíces siguen ahí, debajo, enterradas y bien agarradas a mi corazón.
Y aprietan.
Duelen.
Agobian.
Y me van cortando poco a poco la circulación.
Haciendo que nada me llene,
que nada me llegue,
que todo se marche,
que nada sea claro.
Y yo… yo necesito aire fresco.
Salir a respirar e intentar florecer de nuevo.
Volver a ser la de antes.
Pero tú, tú no me dejas.
Y yo me pregunto por cuánto tiempo tienes planeado rondar mi cabeza.
Por cuánto tiempo vas a seguir pegado a mi almohada
y sorprendiéndome en mis sueños.
Por cuánto tiempo voy a tener que tener el corazón apretado,
dolido,
agobiado
y apunto de estallar.
Por cuánto.
Dime un tiempo y yo, yo lo acepto.
Me parecería justo.
Pero dime que esto no dura eternamente.
Que este dolor que siento es momentáneo.
Que ahora viene la parte de aflojar,
de curar,
de respirar
y soltar.
Dime que esa parte va a llegar.
Porque esto cada vez aprieta más,
duele más,
agobia hasta la agonía
y poco a poco yo…
Yo dejo de ser yo sin mi corazón.